Alguna vez el tiempo

Alguna vez el tiempo

 

 

Alguna vez, el tiempo

(Prosa)

 

 

 

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Alguna vez aprendí de un tiempo sin urgencias, retozaba como si corriera de un lado para otro; era principio de libertad extendido por el gestor de la aventura parecía retrasarse con las vueltas de los cometas en el aire, circular en recorridos sin orillas sobre la tierra virgen de la infancia para reactivarse en la corporeidad del desarrollo, y capturar el viaje de las vivencias en los álbumes de la adolescencia, los que aún evocan sus risas mañaneras haciendo eco en los latidos. Alguna vez el tiempo quedó sujeto en el nudo de las palabras y se colgaba de la mente con las voces y acostumbraba a repetir su efecto en la movilidad de las emociones cada vez que hablaban. Era un tiempo fecundo que sabía mantener a las ilusiones vivas, aún con el impacto de los cambios, pues lograban resucitar con el pulso de la natura en las tantas escenas de la vida, y es que estas (la vida y la natura) se parecen tanto al renovarse cuando su ciclo alcanza el humedal de algún desierto. El tiempo seguía su curso, pero conseguía suspenderse en la mirada que todo lo detiene con su singular habilidad de exhibir a los recuerdos del sentir como paisajes vivos en el cuadro de algún entonces.

El tiempo… ese que alguna vez se hizo tan lento a pesar de su progresivo ajoro, pues se tendía como la cosecha y hasta la siega daba los frutos de la ansiedad y sobre las mieses yo era una más en aquel festival de pájaros del azul distante. En plenitud era la recolección de los momentos con la oferta de sus años para la celeridad de la existencia pero con el cinismo de la ilusoria calma.

Hasta que alguna vez inauguró un transcurso veloz, con frialdad de noches. Lograba arrumbar una capa de niebla sobre los días que saturaba los ojos…, comenzó a acercar rostros de hule que alcanzaban el adiós de las estrellas. Rostros efímeros que entregaban un rastro casi anónimo, a los que supe inventarles la sonrisa, los perfiles y hasta los gestos de esa indiferencia innata que amparaban. Era un tiempo presuroso que ignoraba al corazón y vulneraba la marcha de su mecanismo, mientras avanzaban las nubes del mañana.

Por eso en este ahora de su paso, con su huida en las horas soy yo la que aprende a no regresar cuando avanzo, aprendo a detenerme para mirar al árbol tan cambiante en los escenarios de las estaciones vagabundas, para contemplar el beso de la luz en el horizonte hasta que desviste la tarde y se entrega hasta el fondo del ocaso.Tanto me detengo que hasta he aprendido a copiar la sencillez que lleva el viento, no me enredo en las cosas, me hago sentir aunque no me vean y pocas veces me oyen, mientras el continúa enterrándose en este mausoleo de silencios.

 

 

 

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