Duetos

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Ya vienes amor

Siempre

(Dueto  1)

 

 

 

Por los autores:

Raúl Salcedo  y Nancy Santiago Toro

 

 

 

Siempre habrá un inmortal recuerdo entre los dos

que adhiera la temible distancia a algún momento,

que invierta el suplicio ensangrentado del corazón

con el gozo que dejamos en las huellas del tiempo.

 

Sobre la llegada y partida de una vida sin adiós,

de tu cielo, mar azul y de tu noble sentimiento,

en versos y poesías encontradas en blasón,

entre música, caricias y besos de vibrante tempo.

 

Siempre habrá un diálogo en silencio, tibio como el sol

que se escuche en la intimidad recóndita de mis dedos,

porque ellos dijeron al desnudo lo que ocultó la voz

y lo que no dijo el orgulloso corazón, por miedo.

 

Y habrá una herida que no sanará ni con alcohol,

que se abrace a tu falda y replique muchos credos,

porque mis dedos ocultaron al cielo lo que sentí por vos,

aunque lo sintiera mi soñar y mi corazón con denuedo.

 

Siempre habrá una presencia íntima de nuestro amor

con el matiz que va dejando el otoño con el invierno;

las brisas gélidas murmurarán al oído olvidos con temor,

mas mi alma impregnará con tu vivido calor todo mi cuerpo.

 

 Habrán luces de esperanza con caricias y sin dolor,

con las sensaciones del verano de este amor eterno;

mis volcanes en furia reclamarán a tus ojos por tu pudor

al recorrer con su lava de deseo el infinito tiempo.

 

 

 

 

Son estas sencillas cosas

Contigo aprendí

(Dueto 2)

 

 

Por los autores:

Raúl Salcedo y Nancy Santiago Toro

 

 

Contigo aprendí a ser la tibia luz en lo sombreado,

a ser como la jovial sonrisa que detiene el llanto,

a deslizar sobre tu cuerpo y en amoroso canto

mi ola de deseo en continuo estallido enamorado.

 

Contigo aprendí a ver todo el entorno oscuro más claro,

a percibir una lágrima como un beso apurado,

a escuchar en el silencio un te quiero no pronunciado,

y a ver en tu rostro bello que me quieres sin reparo.

 

Contigo aprendí a caminar nuestro tiempo más despacio

para arrullar con ternura toda tu vida en mis manos,

y que al unirse nuestras almas en un roce de labios,

tú desnudas tu mundo en la superficie de mi espacio.

 

Contigo aprendí que todo puede verse tan perfecto,

aunque se nuble el cielo y opaque de dolor el tiempo;

a deleitarme en cada beso con amor sin destiempo,

aunque las estaciones cambien y causen otro efecto.

 

Contigo aprendí a ser brisa que perfuma tu sendero;

ser desnudo paisaje que reanima tu descanso,

y a ser la corriente excitada y el plácido remanso

que te hace disfrutar la fuerza del amor verdadero.

 

Contigo aprendí a vivir con gran arrojo cada tramo;

a fabricar siempre lo bueno y a deshacer lo malo,

y que del contenido de la vida el mejor regalo

es entender que tú eres la mujer que realmente amo.

 

Contigo aprendí a llevar un ramo de variados sueños,

a florecer sus imposibles en el crucial destino;

y a ser la infinita huella que se aferra a tu fiel camino

para no resbalar en la calzada de los ensueños.

 

Y contigo aprendí todo lo aprendido sin cordura,

pero a ser más fuerte con el ignorante pensamiento,

porque sé que hallé contigo el completo conocimiento,

de que puedo amarte con toda mi razón y locura.

 

 

 

 

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Un lazo de amistad en la distancia

(Dueto 3)

 

Por los autores:

José Daniel Muñoz Espinoza y Nancy Santiago Toro

 

 

Eres mi entrañable amigo en la distancia,

vives en mi corazón con contenido,

con la fuerza que define la constancia,

con el honor de tener a un ser querido.

 

Si te busco, si te extraño, si te siento,

si sólo un poco de tus letras te pido

es porque mi alma necesita el aliento

que en tu versar exquisito he obtenido.

 

Tu lenguaje me brinda con elegancia

paz y esperanza si estoy en tempestad;

y sabes calmar la fiera circunstancia

si me acecha con miedos la soledad.

 

Con docilidad y atenciones discretas

te proveo mi hombro de tinta virtual,

lleno de luces, impulsos y letras…

expresiones de mi entrega fraternal.

 

Amigo fiel, erudito caballero

que cruza la más profunda inmensidad,

para pender del cielo como un lucero

y guiarme en los tiempos de oscuridad.

 

Una palabra tuya o un comentario

resplandece indeleble en todas mis noches,

forman las notas escritas en mi diario

y lo embellecen como lo hacen tus flores.

 

Siempre atiendes mis halagos o reclamos

como si hablara una voz angelical

y no importa que lejos o cerca estamos

tú me cuidas como amiga de cristal.

 

¿Cómo no escuchar tu voz cuando me llamas?

¿Cómo evitar la nitidez de tu ser?

Sería arrancarle a un árbol sus ramas,

privarlo de aire y dejarlo fenecer.

 

De lejos eres la estrella que más quiero,

de cerca el tacto ausente es intimidad

y dentro de mí el amigo verdadero

que entiende los principios de una amistad.

 

No existe mar, montaña o tierra sin fin,

en nosotros no existe distancia oscura.

Nos une un sentimiento y pensar afín;

fundamentos de una amistad que perdura.

 

 

 

 

 

 

 

Día tras día

Sobre un hilo de locura

(Dueto 4)

 

Por los autores:

Christian Acosta y Nancy Santiago Toro

 

 

Voy escalando en tus nostálgicos suspiros,

hasta convertirme en amado pensamiento

y entre las paredes calladas de ese abismo

mi límpido amor se sujeta a tu silencio.

 

Traslúcidas voces de silencios apremiantes

como esporas de sueños en el vórtice de cordura

dejan su etéreo amalgamado en tu hálito embriagante

y renacen perennes sobre un hilo de locura.

 

Para colgar un cuadro de lúbricas intimidades

de dos protagonistas en el torrente de un delirio,

en encelado encuentro de nómadas pasiones,

que nos arrastran de cabeza hacia el desquicio.

 

Incorpórea piel desnuda, células sin sangre

tras el túnel de terciopelo que el deseo exhala,

puedo tocar tu esencia ingrávida que arde

un rebullir de volcanes que fluidos emanan.

 

Epicúrea fantasía con ganosos dedos de aire,

arrebato que me tocas con hambre de sueños,

puedo sentir el palpitar de tu corazón distante,

aunque sean de huecas nubes nuestros cuerpos.

 

Mis nubes se harán huracán de noventa grados,

te sostendrán en el ángulo abierto de mi pecho,

porque encontradizo abriré en aura mis brazos

y mi corazón excitado emprenderá el acecho.

 

 Y en medio de todo este espacio interminable,

y sobre la distancia que entre los dos se extiende,

se abrazarán al fin nuestros deseos en espirales

para arrancar del tiempo lo que estaba ausente.

 

Y quitaré toda la marea fuera de tu arena,

se avistarán tus emociones como caracoles,

alisaré el temblor que tu vientre almacena

y esconderé en ti mi cofre de intenciones.

 

Pintaré con el arco iris el acromático paisaje,

arrancaré nuestro sueño atrapado entre las redes

y marcará el tiempo nuestras huellas de colores

sobre el legítimo destino que sólo Dios ofrece.

 

Y como átomos de agua nos haremos mares,

reventará el algente silencio como el oleaje

y sembraremos en su humedad las tibias voces

que llenen con amor nuestros corazones amantes.

 

 

 

 

 

 

 

No existía, me exististe

Te he buscado desde entonces

(Dueto 5)

 

 

Por los autores:

Ricardo José Lazcano  y Nancy Santiago Toro

 

 

Desde lejos, en lo secreto del camino,

donde discretamente el tiempo nos ataba;

donde tu memoria me hacía empírico recuerdo

siendo yo presentimiento de un mañana.

Tú en mí, mirada aún flotando en el silencio,

acaudillando vehemente la voz de mi pisada.

 

En ese lugar diseñado con tu nombre,

en el sueño de una noche adormecida,

en su albor que llega y te proclama dentro

desnuda como un beso, en mi alma contenida.

Llego a ti con ilusión y una eterna fantasía,

descansando el tiempo al saberte toda mía.

 

Me encuentras, perfil de mis anhelos

tras los cristales de rocío como radiante alba,

profundizas en mi sombra tu destello,

tatuándome en la piel impaciente llamarada.

El vigor del temblor me escala persistente;

siento al verte emoción en marejada…

Y un torbellino que a la paz se atreve,

al saber que eres tú lo que esperaba.

 

He llegado desde siempre, desde un nada

para llenarme de ti y poblar tu alma;

me vierto en vos como luz que se derrama,

y me esparzo en tu centro en tibia oleada,

con tu culminada melodía, mi corazón te canta,

himnos de cielo sobre el pulso de tu llama.

 

Abrazan mis labios el cielo de tu boca

como nubes se garbean tus acalorados besos,

y el ardor de un suspiro se hace flama,

desplazando voraz fuego al sentimiento

que nos hace dos estrellas sin distancias,

en radiante luz que estremece al cielo.

 

Te retengo en mi costado fértil clamoroso,

en tu cielo íntimo con lazos de vertientes

tiembla el ósculo en su ramal de labios;

su follaje de sol en tu marea se disuelve

como la noche cómplice y milagrosa

que te sabía en mí, antes de tenerte.

 

 

 

 

 

 

Encuentro en lontananza

(Dueto 6)

 

 

Por los autores:  Alonso Vicent 

y Nancy Santiago Toro

 

 

Perdona si aireo mis asuntos,

si canto el verso inseparable de mi cuerpo,

sin voz ni música ni público,

a capela el alma en su destierro.

 

Perdona tú, si en mi espacio más profundo

tus asuntos son equipaje de mis recuerdos,

sin llevar sonido escucho su paso refinado

al canto de tu alma y me estremezco.

 

Ayer te tendí un pretérito mudo

y habló por los codos de mi boca,

confesó con lengua y unos labios

sus pinzas, sus cuerdas y su ropa.

 

Abrigué tu tiempo de silencio agudo,

y caminó tu antaño hasta mi topada,

llegaron tus latidos francos, sin atajos,

como dedos golpeando mi ventana.

 

Escucho hoy el aroma que trajiste,

mirando el horizonte que te guarda

y encuentro un hueco en el paisaje

que encaja su huella en mi pisada.

 

Hoy contemplo el camino que tendiste

como alfombra abierta en lontananza

y en un punto equidistante de la superficie

encuentro a tu sombra a la mía atada.

 

Disculpa esta oreja que te atiende,

estos ojos que sólo ven en la distancia,

estas manos presas de sus brazos,

esta mente que aprendió a volar una mañana.

 

Te disculpo por rebasar lo que es ausente

sin ojos, sin manos, sin voz en la garganta,

y por dejar en ese vuelo de sentidos indelebles

el leal amplexo de dos vidas… de dos almas.

 

 

 

 

 

 

Sin remotas esperas

(Dueto 7)

 

 

Por los autores:

Alonso Vicent  y Nancy Santiago Toro

 

 

Esperar con las manos y los ojos despiertos,

sin temor a la lluvia, viviendo la intemperie,

el roce de las hojas, el latir de las sienes

con el ritmo en los pies y el pecho al descubierto.

 

Resistir con la sangre, con el cuerpo dispuesto,

sin redes de silencios, sin nudos las razones,

liberando la voz promesas e intenciones,

ser albricia de calor atada a los momentos.

 

 

Creer que todo es sueño y en sueños regalarse,

desde el inicial segundo hasta el fin de las horas,

siguiendo el horizonte y sin otra demora

que saberse tranquilo y esclavo del instante.

 

 

Sentir que es aventura la puerta que se abre,

desde el primer aliento al ansia soñadora

y entrar al refugio que la distancia arreboza,

donde puede un presente abrazar realidades.

 

 

Y pasar por la vida sin ánimo de lucro,

acompañando al cuerpo con la mente en las nubes,

desandando caminos por donde nunca anduve,

volviendo a la raíz del sueño en lo profundo.

 

 

Y arribar sin la espera remota de los tiempos

para vencer sus sombras, vacíos, soledumbres,

avanzando en la ruta del aire y de las luces

con vitales latidos de aventura y de sueños.

 

 

 

 

 

 

Con la proximidad de los sentidos

(Dueto 8)

 

 

Por los autores:

Alonso Vicent  y Nancy Santiago Toro

 

 

 

Voy diligente a tu íntimo lugar, a tus montañas

al frescor de la cascada, a tu acompañante risco,

al entorno que persiste los verdes de tu mundo,

a la tierra de tu alma, que bien guarda tus caminos.

 

Esperándote aquí estoy con mis dos ojos fijos,

en la senda que sube serpenteando el bosque,

orillando las horas, retrasando la noche,

ansiando la llegada, apremiando al destino.

 

Veo tu cromático paraje y aletea la emoción constante,

dentro de esta escena de naranjos que respiro,

más allá, el monte como si saludara con sus rosas,

aquí tus árboles con el umbroso resguardo a los amigos.

 

Te adentraste en mis huertos, ellos son el principio,

el llano, la estación que deja atrás las vías

de lo que conocemos, la principal salida

al mundo en el que me hallo y en el que me cobijo.

 

Grato contemplar la fina gala de la vistosa aurora,

el embrujo ardoroso del terruño amanecido,

con la seducción del río moviéndose a su antojo

y mis ojos como redes atrapando cuanto he visto.

 

¡Sube presto y allégate!, que es la aurora el inicio

del paso que te lleva y del primer embrujo

que mudará el paisaje bajo el caminar tuyo

a la vera del agua que baja de mi risco.

 

¡Ay!, que llegaste, te veo. Las piedras son testigo

del roce de tu huella, y alborotadas andan

o será que es primavera incluso en tierras altas

y conspira con ella incluso el travesío.

 

¡Sí!, te veo bajo el azul que extiende los fulgores,

por el alcorce que lleva a los aires del tomillo,

justo en la solitaria barandilla de ese lúgubre borde,

donde las alondras se marchan con el adiós previsto,

 

pues como ellas partiré, mas con los recuerdos decorados

del don venusto que ofrece la celsitud de lo sencillo;

endelebles memorias que ostentará mi sentir nostálgico,

desde mi ventana y en otro alado viaje de sentidos.

 

 

 

 

 

Un detalle

(Dueto 9)

 

Por los autores: Arnet Fatheb Grothen

y Nancy Santiago Toro

 

Has colgado un mañana en tu detalle,
una luna que espera compañía,
con tus ganas de verter en sus confines
una llama que le escriba letanías
y que envuelva en los albores de sus ojos
tu silueta destellando los jardines
que aviven sus deseos, tus manías
de tenerse cada uno en viva fragua,
alimentando la distancia en cofradía
y en tu mente y su mente un respiro,
cuyo aire sea la esencia del nosotros,
trascendiendo en lo mas hondo de sus vidas.
Posiblemente he colgado
mucho más que una mañana,
aunque este detalle viaje pequeño hacia la vista,
pues carga un comienzo sin final
y las sustancias
de un ciclo de palabras sin medida.

 

 

Quizás parezca una porción
insalvable de la remota marcha,
acaso un trozo de nostalgia humana
o un pedazo aún vivo de los días
que pasaron con olor a yerba en la ventana
y con un adiós sin resplandor en su partida.
Probablemente de tan sencillo diga poco
desde este corazón colocado entre líneas
y no distinga que el pálpito que arrima
a su mirada, más que una ofrenda en tinta
desangrada es un pedazo rayano de mi alma
con un puñado de esas cosas infinitas.

 

 

Que es el mañana atemporal sin un sustento
sin un labrado de hidalga compañía,
aunque el orbe siga en marcha, los recuerdos
marcan el destino que en el alma no expía.
¿No has escuchado que tan solo un respiro,
o un suspiro ha contenido el universo?
¡Bendigo el pálpito ofrendado de infinito!
¡Bendita tú que lo derramas en tus versos!
¿No te han dicho que el finito solo es:
el amor que no emancipa de estos cuerpos?
No es pasado lo que trémula respiras
sino un pedazo de infinito en tu aliento.

 

 

Sé que el recuerdo es esclavo del pasado,
aunque libre en la fugaz melancolía
nos devuelva al ostugo de un trayecto,
ya colgado en alguna vitrina de la vida,
aun así su infinidad es el romance
con las miradas, con el timbre de una risa,
con un beso dulcemente acompañado,
con las tantas veces que se unen y no se olvidan.
Dime, ¿si son estos los detalles del sendero
que dan el tic tac del amor que nunca ultima?
Bendito tú si en la amalgama de estos versos,
bien comprendes que una ofrenda no culmina,
pues ésta tiene el universo en su talante
si con tal grandeza yo la doy y es recibida.

 

 

Hay corazones que en el fondo no perdonan,
llevan hiedra enredada en sus porfías,
hay otros que el musgo le hace levas
que no dejan que respiren otra vida,
pero algunos han quedado convertidos
al ostracismo de un recuerdo que se anida
y tal vez en otra clase hayan otros
que el anhelo es un dije, una ambrosía,
de estos últimos guardo sus detalles,
sus suspiros, sus eternas entropías
son la savia que alimenta mis raíces
que de ellas retoñaron alegrías,
esos son los detalles del sendero
que me apresto a hilar como se hila
en el alma una alborada que el tiempo
dejará como una luz que fue ungida,
¿cuál eres tú? ¿Cuál corazón lleva tu alma?
Que con palabras mi universo te suspira,
¿qué hace que me entregues tus palabras?
una ofrenda que en mi alma fue acogida.

 

 

Con el venusto claror de tus ideas,
igualmente sentí los corazones en la vida
que en contacto tropical consumaron besos
en el regazo de una seductora comitiva,
para luego prescindir enteramente de mi lado
al resolver caminar la tierra en lejanía.
Algunos dejaron el amor por un recuerdo,
otros el abrigaño del latido por la herida,
unos abdicaron la voz por el silencio,
pero pocos cambiaron un dolor por la sonrisa.
Como tú, de estos el gentil gesto he guardado
con el perdón que sigue perdonando todavía,
pues con esa virtud de Dios se vive Amando,
de la luz cambiante es la mayor ofrenda cristalina
que tenemos para germinar otros detalles
como estos que me ofreces con galante cercanía,
por eso los recibo con mi corazón amable
y respondo con el alma, que tus ojos ya iluminan.

 

 

 

 

 

 

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