Hay una calle…

Hay una calle

 

 

Hay una calle…

 

 

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Hay una calle…

desde el albor hasta la noche,

continua, sin medir su alcance

al buscar tu incógnito sendero,

inacabable como línea

que se incorpora al mundo,

llena de una áspera distancia

cuando de ella estás tan lejos.

Curvas formas que tienen la rutinaria

vestimenta del luto ante la aurora,

por prescindir de tu paso en su trayecto.

Hay una calle… abierta

entre alturas y hondonadas,

desde mi ventana la contemplo

inmóvil, en su largo aparenta

ir sin frenos, zigzagueando

su negra cola en lo lejano

y sin saber hacia dónde entre los cerros.

Se extiende con acento de roca

por los quietos lagos, intenta

encontrarte en sus silencios,

mas sin nada prosigue su paisaje taciturno

por letárgicas colinas y barrancas,

con la callada partida de los muertos.

En mis ojos es como una honda grieta

posible entre nubes blancas,

es raíz parduzca que va rasgando el cielo.

No obstante, se tiende en el regazo

de los valles que parecen bisbisar

con los ríos, con el viento

y solo halla el lenguaje de esas cosas

que tiemblan dentro de un azul discreto.

Penetra en los vacíos de algún modo,

rebuscando entre neblinas tu reflejo

y más se pierde…

como cicatriz negra en solitario,

hasta que la lluvia vuelve

con visita de nostalgia

a ser compañera en movimiento,

que pudiera ser su lagrimal sin pausa,

entretanto se disipa su silueta

en otro espacio. Mas siempre veo

a una calle hacia adelante,

desde otra mañana hasta el ocaso

como un rastro de ceniza

que asciende, huyendo de esta tierra

hacia ti con temprana ruta sin regreso.

 

 

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