Las 6:00 am

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Las 6:00 am

 

 

 

 

 

Si hay algo que me pueda provocar el repelús

de los efectos contaminantes

que proceden del tejemaneje humano,

es un hombre que no pueda hablar de su vida

ni de su pegotero impacto en el medio ambiente

con la misma exigencia que condena

al que está fuera de él mismo

y venga hasta el margen de mis ojos

como un abejorro, especialmente,

los de la familia Crabronidae,

solo para purgar el placer de picarme

y de paso absorber la costra física

que envuelve a mi empalagoso sinsentido,

porque disfruta de mis dulces desvaríos

con la punzante costumbre de joder

como todo un modorro bichito patógeno.



¡Cariño!, ahora que te amparas

en la oportuna docilidad del brillo,

mientras me clavas el luto de la sombra,

mírame y léeme en cámara lenta,

porque… ¡soy… tu… gran… Alucinación!

el peor ensueño que haya caído

en el hoyo de tu mente santurrona.



En exclusiva… Yo,

la histrionisa del insostenible espejismo,

el entresijo que sujeta

la sensorialidad de tu asombro

y si te resulta poco, soy el día

que se disfraza de la noche.

Aunque no lo creas, también

he sido la incertidumbre del quizás,

el perfecto engaño que se fundió

con la enorme claridad de tu sonrisa

desde que nos conocimos en aquel baile

de disfraces, ¿fue así, Verdad?



Yo era la Mary Poppins

que volaba, salvajemente enfangada,

por el pensamiento de Tarzán

y tú eras Spiderman lanzando telarañas

dentro de un enredo de lombrices.

Lamentablemente, no pude calcular la cifra

exacta de cuántas salvaste.



Solo te pido que en esta distribución de culpas

no busques la expectación veraz

entre el dramatismo y el kabuki,

porque si de mí se trata

tiene más futuro Pinocho con gorgojo.

Ya sabes que cuando se me enredan

los diccionarios de la imaginación y la realidad

me parece que salieras de la boca de un ángel.



Y yo por ser demasiado negra,

me da por reinventarme en la mañana.



Son las 6:00 am.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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